Hoy no he salido a aplaudir a las ocho de la tarde. Hacia frío en Teruel y no se veía a nadie por la ventana. A cambio, a las seis me he asomado a mirar por la ventana. Lo sé, esto no está bien.
He observado a mi anciano vecino a 300 metros de distancia. Le he mirado fijo a sus profundos ojos azules celtibéricos. De su casa no salía el humito típico de las calefacciones. Llevaba una chaqueta roja y tenía la mirada triste. Ha mirado a norte, sur, este y oeste durante varios minutos. Creo que él no se ha fijado en mí. En la distancia le he preguntado como estaba, si tenia comida, si estaba solo. Con su inquietud me ha respondido al segundo. Está solo, con la nevera llena y mucha angustia. Miedo no, un poco de temor ante el recuerdo de hace 82 años cuando era niño. De crío vio bombas cerca de su casa, corrió a duras penas por las calles de su barrio y tuvo miedo auténtico, terror de verdad. Ahora no. Ahora teme a lo que puede ocurrir dentro de quince días o un mes. Y si esto sigue así, cómo quedará todo.
Tras nuestra conversación le he aplaudido un rato. Seguía sin verme. Después han pasado una ambulancia, un coche de policía y un autobús vacío. He seguido aplaudiendo un rato más, yo solo. También he aplaudido por todas las personas que están solas, aunque reciban llamadas de sus hijos, hijas, nietos y nietas. A todos los que están trabajando, jugándose la vida todos estos días para que el resto, aún teniendo miedo, podamos estar teletrabajando, con nuestros hijos, veamos la tele, escribamos tonterías en las redes sociales, riamos, comamos y aunque tengamos dudas respecto al pago de facturas, el trabajo y, por qué no, sufriendo y temiendo por el futuro, no es lo mismo, ni es igual, por muy duro que sea. También le he aplaudido a mi sobrina María.
Al entrar de nuevo tras aplaudir a mi vecino, los coches y los héroes de esta catástrofe, he pensado en otras dos personas que hoy mismo han fallecido, sin coronavirus. Pero el resultado es el mismo. Mañana no podré ir a un funeral y el fin de semana tampoco podré darle un beso y un abrazo a una viuda. Considero que es peor la angustia de los familiares por la soledad de estos momentos que por la muerte en si. En China lo desconozco. Pero en este país, nos gusta besarnos o abrazarnos cuando nacemos o morimos.
Esta pandemia debería reforzar algunos de los vínculos básicos que nos han hecho llegar hasta aquí con nuestros pecados, nuestra mala hostia y el espíritu crítico y destructivo que nos carcome por dentro a los españoles. A lo largo de los últimos días hemos visto numerosos ejemplos de solidaridad y las necesidades que realmente nos debería preocupar. Deberíamos centrarnos en lo verdaderamente importante. Espero que podamos aprender algunas lecciones leves y sencillas, de otro modo, habremos fracasado como personas y como sociedad.
Por cierto, también he hablado con una amiga enfermera. Entre toses y dolores hoy pasaba por la prueba. No tenía miedo. Hemos quedado para tomarnos una cerveza dentro de unas pocas semanas.
¡¡Y así será!!